Sobre Mí
Me llamo Víctor. Soy de La Rioja, tengo 41 años, dos hijos y una casa que casi me arruina.
No soy arquitecto, ni albañil, ni tengo una empresa de reformas. Soy un padre de familia que decidió reformar su casa con sus propias manos — como hacía mi padre — y que aprendió a base de golpes todo lo que nadie le contó antes de empezar.
Lo que aprendí de mi padre
Mi padre siempre decía: «Una casa se construye dos veces: la primera en tu cabeza, la segunda con tus manos.»
Él había trabajado de joven en una fábrica de materiales cerámicos, y trajo consigo algo que no se aprende en ningún libro: la capacidad de tocar una baldosa y saber si va a durar veinte años o se va a romper el primer invierno. Los fines de semana, mientras otros niños jugaban al fútbol, yo le ayudaba a reparar tejados, levantar tabiques y mezclar cemento. Me enseñó que los materiales importan, que un trabajo bien hecho se nota durante décadas, y que no hay atajo que no se pague después.
No me convertí en profesional de la construcción. Pero heredé su mentalidad y su respeto por el oficio. Si quieren saber más sobre esa historia, la cuento en la página Nosotros, que en realidad es un homenaje a él.
La reforma que lo cambió todo
A finales de 2019, Elena — mi mujer — y yo compramos una casa de pueblo antigua en La Rioja. Años 60, dos plantas, un patio con un higuera y un interior que no se había tocado desde que Franco gobernaba. Necesitaba una reforma integral. Presupuestamos 35.000 euros. Pensé: «Lo hacemos nosotros, como haría mi padre.»
La respuesta corta: la factura final fue de 62.000 euros. Casi el doble.
La respuesta larga incluye un confinamiento total por COVID cuando teníamos todo listo para empezar, una crisis mundial de materiales que encareció todo un 40%, un albañil que desapareció con 3.000 euros de anticipo, una bajante podrida que apareció detrás del muro del baño y nos paró la obra tres semanas, y unos permisos de obra que ni sabía que existían hasta que llegó la multa.
Más de dos años de obras. Dieciocho meses de polvo, discusiones, presupuestos que se rompían cada semana y noches sin dormir repasando facturas con Elena.
Pero también aprendí. Aprendí a pedir tres presupuestos y compararlos línea por línea. Aprendí qué cosas puede hacer uno mismo y cuáles hay que dejar a un profesional (la electricidad, la fontanería y la estructura — siempre un profesional). Aprendí a reservar un 20% del presupuesto para imprevistos, porque los imprevistos no son una posibilidad: son una certeza. Y aprendí que la información correcta antes de empezar vale más que la mejor herramienta.
Por qué creé este sitio
Después de terminar la reforma (bueno, casi terminar — la terraza sigue esperando), me di cuenta de que todo lo que había aprendido a base de errores y dinero perdido podría haberlo sabido antes si alguien me lo hubiera contado con honestidad.
Busqué esa información en internet. La encontré desperdigada, desactualizada, o escrita por empresas que solo querían venderme algo. Nadie hablaba con la verdad que yo necesitaba oír antes de firmar un presupuesto.
Así que decidí ser yo quien la escribiera.
Pero hay algo más. Quiero que mis hijos sepan lo que mi padre me enseñó. Que sepan distinguir un buen material de uno malo. Que entiendan el valor del trabajo bien hecho. Que si algún día reforman su propia casa, no les engañen y no cometan los errores que cometí yo.
Este sitio es mi forma de hacer eso: lo que mi padre me transmitió a mí, yo se lo transmito a ellos — y a ustedes.
Qué van a encontrar aquí
Elena
No puedo cerrar esta página sin hablar de Elena.
Ella es la razón por la que este sitio tiene datos fiables y no solo anécdotas mías. Es la que gestiona el presupuesto familiar, la que insistió en pedir tres presupuestos cuando yo quería firmar el primero, la que lleva un Excel con cada euro que gastamos en la reforma. Cuando un artículo tiene números que cuadran, es porque Elena los ha revisado.
Me ayuda con la investigación, con la redacción, y sobre todo con la paciencia. Después de haberme aguantado durante dos años de obras, polvo y estrés, todavía tiene energía para sentarse conmigo a escribir estos artículos.
Sin ella, ni la casa ni este sitio existirían.